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  • Maia Morosano

1. La cachorra

Verónica es fría y metódica en cada movimiento. Sale del agua con pasos seguros. No vuelve a mirar el mar que queda colgado en su espalda. Tampoco se seca con la toalla que dejó doblada en la silla. Observa sus manos, bien pegados, entre la yema y las uñas hay restos de sangre y piel, o quizás sea carne. Tiene que retirarlos urgentemente, no tocar nada hasta que el jabón y después la lavandina, destruyan todo. Siente un deseo poderoso de chupar y con los dientes retirar los restos encarnados, comer lo que queda de ese cuerpo. Dejar algo de él dentro suyo. Pero no lo hace. Sigue el plan como estaba dispuesto.

Va hacia el baño de la casa que está atrás del bar de su familia. Está por abrir la puerta con el codo pero el aullido de un animal la desconcentra. Es fuerte y desesperado. Cree que viene de atrás de la casa, donde hay unos arbustos que anteceden a los médanos. Es arriesgado salirse del plan pero no lo piensa y va a socorrer a quien lo está necesitando. En el suelo con la panza abierta ve a una cachorra gris, no parece moribunda pero el tajo es importante. La toma con mucho cuidado y va hasta la casa. No es veterinaria pero sabe de primeros auxilios y coser. Su hermana mayor es médica de la cruz roja y la primera vez que se cortó nadando en el mar y quiso coserla Verónica dijo que no, que le enseñara, que lo iba a hacer ella misma. Desde entonces nunca permitió que la cosan otros. Es nadadora y este deporte que practica es individual. Ella contra el mar y contra ella. El entrenamiento le produce heridas que quiere cerrar sin ayuda.

Se fija bien y no ve ningún órgano vital, la herida no debe ser profunda. Se siente confiada de poder ayudar a la perra, la desinfecta con iodo, prepara los elementos y procede. A pocos metros dentro de la misma construcción se escucha un murmullo de personas y copas que se chocan. Hace poco lo inauguraron, todavía no se pusieron de acuerdo con el nombre.

El animal no se queja, la mira agradecida. Verónica termina y le prepara unas mantas al lado de su cama. La perra se duerme en seguida. Su hermano, Joaquín, entra a la casa y le pregunta dónde estaba, le dice que ya es su turno en la barra. Verónica le muestra a la perra durmiendo, el hermano se queda a cuidarla, cambian lugares y roles.

Entra a la cocina del bar y le pregunta a Jorge, su otro hermano, qué comandas le quedan. Hay quince personas sentadas al sol y dos en la barra tomando cerveza. Todos están atendidos. Verónica prepara el alcohol y las copas en la bandeja de metal. Fajinando ve un rojo oscuro debajo de la uña del meñique izquierdo. Sabe que no es sangre de la perra, pero eso ya no le importa.


- Del libro Formas de morir en el agua -